8 de febrero de 2017

La Argentina fascista



VIOLENCIA, RACISMO, XENOFOBIA, AUTORITARISMO, INTOLERANCIA 

¿Cuántas Argentinas hay? ¿Los argentinos somos “derechos y humanos”? ¿Somos progres y liberales o somos grandes vendedores de humo? A la luz de algunos hechos ocurridos el pasado mes de enero, se reflexiona aquí sobre algunas contradicciones ideológicas que exhiben las clases medias urbanas. 

Por Marcelo R. Pereyra 

SIN NADA QUE PERDER 

El gobierno de la ciudad de Buenos Aires decidió erradicar los vendedores informales –“manteros”- afincados en el barrio de Once. Era éste un antiguo reclamo de los comerciantes de la zona. Ello incluso a pesar de que algunos de esos comerciantes les “alquilaban” sus veredas a quienes quisieran poner una manta en ellas, bajo la condición de que no debían vender la misma mercadería.  La actividad de los “manteros” no se sustentaba en ninguna legalidad: no pagaban impuestos ni contribuciones, y el origen de su mercadería era, por lo menos, incierto. Además, la gran mayoría de ellos no eran autónomos sino que trabajan para “mayoristas” que tenían varios puestos en la zona, y que contaban para ejercer su comercio con “salvoconductos” de la comisaría 5ª de la difunta Policía Federal. Ya se sabe que cuando hay ilegalidad la primera beneficiada –económicamente- es la autoridad policial. En el caso de Once, la comisaría contaba con un “tarifario” que comprendía la totalidad de los ilegalismos posibles: desde la manta en la vereda, pasando por la oferta pública y privada de sexo y llegando a “permisos” para estacionar en cualquier lugar y hora camiones con contenedores con mercadería. Lo descripto hasta aquí se reproduce en otras zonas de la marginalidad porteña, como en cercanías de las estaciones Constitución y Retiro, por ejemplo.

Los “manteros” son la expresión más elocuente de una economía informal que ha crecido al calor de la llama neoliberal en los últimos veinte años.  Hijos de  la explotación laboral, el desempleo y la pobreza, son las principales víctimas del siniestro entramado de mafiosos, proxenetas, piratas del asfalto, traficantes de personas, comerciantes inescrupulosos y policías coimeros que hay debajo de cada manta. Pero tienen la desgracia de ser la cara visible y la figura más débil de ese entramado. Entonces cuando se opusieron a su desalojo de las veredas del Once cortando el tránsito, cayó sobre ellos una lluvia de insultos: vagos, ladrones, “vayan a trabajar”, etc., pudo leerse en las redes sociales y escucharse en las conversaciones. Y cuando se supo que se les otorgaría un subsidio hasta que pudieran volver a vender, la lluvia de insultos se transformó en un temporal de rayos y centellas, que se convirtió en un vendaval de bronca cuando quedó en evidencia que muchos de los varones y mujeres que estaban en las mantas eran extranjeros. En este caso, la diatriba preferida fue “que se vuelvan a su país”, ya que ¡ay! estos extranjeros vienen al país “para sacarnos el trabajo a los argentinos”.

Es notable la falta de sensibilidad que demuestran las clases medias urbanas por los problemas socioeconómicos que afectan a millones de argentinos. En su concepción, los pobres no han sabido adaptarse al sistema. Por lo tanto, no son una consecuencia ineludible sino una alteración indeseada del mismo; una suerte de falla genética que produce unas personas que no tienen nada que perder (porque perdieron lo más importante: la “oportunidad” que el sistema nos da a cada uno). Además molestan y afean las ciudades. Así como en siglos pasados al defectuoso de la familia –el “idiota”- se lo encerraba en una habitación para que nadie lo viera, pues representaba una afrenta, las clases medias urbanas encierran a sus defectuosos –los pobres- en las villas. Y que allí se las arreglen como puedan. Y esto corre también para los extranjeros pobres –los peores entre los peores-. Para ellos la tolerancia es cero. Representan una indeseada invasión de feos, sucios y malos. 

SENSIBILIDAD ANESTESIADA 

Un varón de 39 años, médico anestesista por profesión, conoce a una joven de 20 por una red social y le ofrece trabajo. Ella lo acepta porque lo necesita. Tiene que trabajar en el departamento de él. Una noche el sujeto la invita a quedarse en el departamento y ella acede, pero le dice a sus padres que se quedará a dormir en la casa de una amiga. Consumen drogas. A la madrugada, sin que medie explicación, él comienza a ponerse violento. Le pega a mansalva hasta desfigurarla. Ella consigue huir. En los medios el acontecimiento violento tiene un doble enfoque: en uno de ellos el accionar del varón es explicado por su consumo de diversas drogas. Se habla de alucinaciones y psicosis. Su abogado y un familiar fogonean esta visión. El primero plantea que el varón no tenía conocimiento de lo que hacía por lo tanto es inimputable y el segundo argumenta que su hermano debe ser internado en una institución psiquiátrica, “porque es un peligro para la sociedad y para él mismo”. El otro enfoque culpabiliza a la víctima de lo que le pasó: ¿Cómo se arriesgó a conocer a alguien por una red social? ¿Cómo no se dio cuenta de que el médico consumía drogas? ¿Por qué se quedó con él esa noche? ¿Por qué les mintió a sus padres? ¿Por qué consumió drogas?

Hace varios años que la violencia de género es un tema que se debate en los medios, en las redes y en las conversaciones sociales. Después de esos intercambios y de las marchas “Ni una menos” parecía haber un cambio en la sensibilidad social y periodística para con esta epidemia social. Ese cambio de sensibilidad implicaba no disculpar ni excusar a los varones violentos por ninguna razón, y no culpar a las mujeres por la violencia de la que son víctimas. Sin embargo, subsisten en la sociedad imaginarios autoritarios que determinan cuáles son las conductas, vestimentas y actitudes esperables y aceptables para las mujeres, y que sancionan a aquellas que no cumplen con las normas socialmente establecidas. Esos mismos imaginarios suponen que los varones son violentos de por sí, ya que la masculinidad implica cierta dosis de violencia. Y que cuando los varones ejercen una violencia extrema contra las mujeres es porque consumen  drogas y/o alcohol, o tienen problemas personales (desempleo, por ejemplo). De esta manera, se confunden estos factores predisponentes con la causa determinante de la violencia contra las mujeres que es la ideología patriarcal. En otras palabras: no son el consumo de drogas o alcohol, ni el desempleo los que activan la violencia de los varones. Es el convencimiento de que las mujeres les pertenecen y que pueden hacer con ellas lo que quieran, incluso quitarles la vida. 

BRIAN VERSUS BRIAN 

En un intento de robo en el barrio de Flores, en la ciudad de Buenos Aires, muere de un disparo un chico de 14 años, Brian  Aguinaco. Su supuesto asesino es un chico de edad similar y mismo nombre que habita la villa 1-11-14. La muerte de Brian enardece a vecinos y familiares que marchan a la comisaría 38 reclamando por más seguridad. La circunstancia es aprovechada por algunos barrabravas -¿de militancia kirchnerista?- para provocar destrozos en la dependencia policial. La corta edad de la víctima le da mayor difusión a la noticia y el pataleo por la seguridad se generaliza. El gobierno responde con el manual: le echa la culpa a los jueces por no aplicar penas más duras. Y la corta edad del supuesto asesino reaviva la discusión sobre a partir de qué edad se puede imputar un delito. El gobierno vuelve a apelar al manual y anuncia la creación de una comisión para “discutir” un régimen penal para menores de 18 años. La baja de la edad de imputabilidad a los 14 años es una vieja muletilla legal que hasta ahora no ha tenido éxito entre los parlamentarios.

Pero el Brian supuestamente delincuente carga con otro estigma: es de ascendencia peruana. Y entonces, al calor de las restricciones para con los inmigrantes que decreta el flamante presidente de los EE.UU., Donal Trump, el gobierno argentino anuncia que “endurecerá” los controles sobre quienes ingresen al país. Los que tengan antecedentes penales serán rechazados y quienes delincan en Argentina serán expulsados. Buen parte de la sociedad vive un clima de eufórica xenofobia.

Mientras tanto el Brian sospechoso es detenido por Interpol cuando intenta pasar a Chile, donde lo estaba esperando su padre. Se lo traslada a Buenos Aires. Luego de unos días el juez de la causa decide liberarlo porque el régimen penal juvenil dispone que los menores de 16 son inimputables y no pueden estar detenidos más de diez días. El magistrado autoriza entregar al sospechoso a sus abuelos que viven en Perú. Entonces, en un acto de incoherencia flagrante, los mismos que habían aplaudido a rabiar el decreto de Macri de expulsión inmediata de delincuentes extranjeros criticaron al juez por haberlo dejado ir "tan rápido". 

De tanto en tanto los menores y los extranjeros son los chivos expiatorios favoritos cuando se buscan las causas del incremento de los delitos contra la propiedad. Hay que decir, una vez más, que ni unos ni otros son significativos en las estadísticas de ese delito; tampoco es un problema de policías negligentes y/o ineficaces y/o corruptos –que los hay-; ni siquiera es un problema de jueces garantistas, porque todos los jueces son –o deberían ser- garantistas; y por supuesto que tampoco es un problema de leyes blandas, porque está sobradamente demostrado que penas más altas no han logrado controlar los delitos en general. Los delitos contra la propiedad son en realidad del orden de lo político, porque son la consecuencia de un determinado sistema social, el que, a su vez, responde a un cierto orden político. Cuanto más injusto y desigual sea este sistema, habrá más de estos delitos. Como esto parece que es muy complicado de entender y muy difícil de aceptar, lo más rápido y simple es echarle la culpa a los menores y a los extranjeros. 

MEMORIA OLVIDADIZA 

El gobierno dispuso un nuevo régimen de feriados. Esto es un clásico en las administraciones que quieren dar la imagen de que estimulan la productividad obrera (Algo similar hizo en su momento la dictadura militar eliminando los feriados de Carnaval). En el nuevo régimen el feriado católico del 8 de diciembre –una celebración que atañe a un sector de la población- quedó fijo, pero el del 24 de marzo –día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia- fue declarado movible. Las organizaciones de DDHH protestaron; algunos gobernadores e intendentes peronistas también. También despotricaron algunos dirigentes kirchneristas, para quienes cualquier excusa es buena para pegarle a Macri. Pero, por otro lado, en las redes sociales hubo mucho apoyo a la medida gubernamental. Parte de ese apoyo fue para contrarrestar políticamente la protesta opositora, pero también aparecieron ideaciones de un contenido autoritario que parecía haber quedado en el pasado. Concretamente hubo quienes justificaron el golpe cívico-militar de 1976 con el remanido y falaz argumento de que aquello era una guerra y que los militares no hicieron más que cumplir con la orden de “aniquilar” al “enemigo subversivo”.  En este grupo sobresalió la voz del funcionario aduanero Juan José Gómez Centurión, quien negó que haya habido un plan sistemático de desaparición de personas en la última dictadura militar. Y para que no quedaran dudas agregó: “"Yo no creo que haya existido un plan para hacer desaparecer personas, fue un torpísimo golpe de Estado lidiando con un enemigo que no sabían cómo manejarlo y que había arrancado en el 75 con una orden constitucional de aniquilamiento"

Cuarenta años de debates intensos, de libros escritos, de juicios y sentencias ejemplares, de clases alusivas en los colegios, de marchas y actos masivos, de obras artísticas alusivas, de informes periodísticos esclarecedores y de testimonios dramáticos y verosímiles de las víctimas del terror militar, parecen no haber logrado convencer a muchos argentinos de que el golpe de 1976 no fue para aniquilar un enemigo que ya estaba militarmente derrotado, sino para alinear al país dentro del Nuevo Orden Neoliberal que lideraban Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Los asesinatos, las desapariciones, las violaciones y las apropiaciones de bebés que perpetraron los militares fueron acciones disciplinadoras destinadas a implantar un terror que, a su vez, permitiera ejecutar sin oposiciones un plan económico de apertura indiscriminada de importaciones, aniquilamiento de la industria nacional (“Al país le da lo mismo fabricar acero que caramelos”, dijo un ministro de Economía de la dictadura) y de privatizaciones. Aquello fue el huevo de la serpiente de lo que vivimos hoy, pues ninguno de los gobiernos de la democracia hizo mucho por modificar ese plan; por el contrario, algunos lo profundizaron.

FINAL  MUY PROVISORIO

Se repasaron hasta aquí algunas muestras de intolerancia, racismo, xenofobia y violencia que están más presentes en la sociedad argentina de lo que podría sospecharse. Bajo cierta pátina de liberalidad y progresismo subyacen imaginarios autoritarios propios de los regímenes fascistas. Es que hoy en día lo facho tiene mala prensa, pero aunque no lo veamos –como el sol- siempre está.

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