7 de enero de 2018

Macri pisa el acelerador

AJUSTES, TARIFAZOS Y ENDEUDAMIENTO: LA RECETA NEOLIBERAL  COMPLETA   

Con sus políticas de ajustes, alto endeudamiento y suba permanente y desproporcionada de tarifas, el gobierno se está cavando su propia fosa. Logró superar el conflictivo diciembre, pero cuando avance un poco más el verano no tardarán en aparecer distintos conflictos. Habrá que ver qué capacidad emplea para gestionarlos. Por ahora disfruta de cierto grado de confianza y apoyo que es más producto del rechazo al kirchnerismo antes que de méritos propios. 

Por Marcelo R. Pereyra 

REFORMAS QUE AJUSTAN. En lo que hace al manejo de la economía, entre fines de 2017 y comienzos de 2018, el gobierno de Cambiemos decidió jugar, casi de una vez, todas las cartas que tenía guardadas. Algunos economistas afirman que las “reformas” previsional, fiscal y laboral son el plan “B” de una administración que no recibió todas las inversiones que esperaba recibir; inversiones que al parecer serían la panacea universal para todos nuestros problemas, desajustes e inequidades sociales. Pero no, los inversores extranjeros son señores muy malos que decidieron no invertir en Argentina vaya uno a saber por qué. La verdad es muy distinta: nunca hubo plan “A” y en consecuencia tampoco hay plan “B”. El que viene desarrollando Macri desde su asunción hace dos años es el único plan. Solamente que ahora ha decidido acelerar su aplicación respaldado por el favorable resultado electoral de octubre. Este plan nunca contempló un aluvión de inversiones productivas. Todo lo contrario, siempre apostó a las inversiones especulativas en la Bolsa. Según del diario especializado Ámbito Financiero, 2017 “fue un año de altas rentabilidades donde aquellos que apostaron a la Bolsa pudieron ganar más de 500%. Así el Merval se erigió como uno de los mercados más rentables del mundo, al lograr una suba del 77,7% anual en pesos y un avance del 60% en dólares” (2-1-2018). El sector empresario que más utilidades rindió fue precisamente el financiero, impulsado –según Ámbito- por “el crecimiento de la economía, la recuperación de los préstamos al consumo y el boom de préstamos hipotecarios, que impulsaron los ingresos de las entidades financieras”. De este modo, ¿quién va a invertir en ladrillos, en máquinas o en instalaciones si es mucho más lucrativo apostar a la Bolsa? Ámbito lo reconoce: “Las acciones fueron así nuevamente las mejores inversiones del año, de la mano de un repunte en la economía, y gracias a la contundente victoria electoral del oficialismo en las elecciones legislativas de medio mandato, lo que le dio respaldo para avanzar con reformas estructurales que esperaban los mercados” (2-1-2018). Las “reformas estructurales”, que ansiaban esas entidades fantasmáticas que son “los mercados”, no son otra cosa que las “reformas” previsional y laboral que apuntan a sacar de los bolsillos de los trabajadores activos y pasivos el dinero necesario para cumplir con los pagos de la deuda eterna, financiar maniobras especulativas de grandes empresas y aumentar las utilidades del sector agropecuario reduciéndole las retenciones a las exportaciones. En el aspecto fiscal,  la “reforma” –palabrita que suena mejor que ajuste- es un clásico, por no decir figurita repetida, de la receta neoliberal: el Estado debe ser pequeño y dejar que los “mercados” manejen la economía sin injerencias molestas, como controles y regulaciones. El ministro de Economía de la última dictadura cívico-militar-eclesial, José Martínez de Hoz, acuñó un eslogan que fue el leitmotiv de su gestión: “Hay que achicar al Estado para agrandar la Nación”. Achicar es otro eufemismo que viene a significar que el Estado debe ser debilitado para que no tenga capacidad de arbitraje en los conflictos entre empresas y entre empresas y trabajadores, y para que las empresas que administra –yacimientos de petróleo, carbón y otros minerales, aerolíneas de bandera y ferrocarriles, servicios públicos, etc.- no interfieran en los negocios de los privados. La idea era abrir las importaciones manteniendo barato al dólar y apostar todos los porotos a las explotaciones agropecuarias para volver a ser “el granero del mundo”. La industria nacional fue condenada a desaparecer: se le restó toda importancia estratégica pues al país le daba lo mismo “producir acero que caramelos”, según declaró el entonces secretario de Comercio, Alejandro Estrada. El resultado de aquella política fue una ola de privatizaciones, despidos, quiebras y otras calamidades por el estilo. 

NADA SE PIERDE, NADA SE GANA.TODO SE TRANSFORMA. El parecido de aquel escenario con el de la actualidad no es casualidad: todos los gobiernos que vinieron después, con algunas salvedades, hicieron más o menos lo mismo. Esta continuidad de la receta neoliberal tiene nombres propios que aparecen en gobiernos de distinto cuño: en primer lugar, su alma mater, su gurú, el doctorado por Harvard Domingo Cavallo. Como se recordará, el Mingo -quien acaba de elogiar las “reformas” del macrismo- fue presidente del Banco Central durante la dictadura y ministro de Economía del peronista Carlos Menem y del radical Fernando de la Rúa, además de ser estrecho asesor económico de Néstor Kirchner: Cristina Fernández llegó a decir que "Cavallo es el cuadro más lúcido que ha tenido el gran capital" (https://www.youtube.com/watch?v=TL9s4aFRsT0). Martín Redrado, otro economista “ortodoxo”, con estudios de posgrado en Harvard, fue presidente de la Comisión Nacional de Valores con Menem, secretario de Comercio y Relaciones Económicas Internacionales con Eduardo Duhalde y mandamás del Banco Central bajo las presidencias de Kirchner y Cristina Fernández. Por último, un tercer economista del palo neoliberal, Alfonso Prat-Gay -egresado de la Universidad Católica Argentina, con posgrados en EEUU y ex directivo de la “financiera” JP Morgan- fue presidente del Banco Central durante las presidencias de Duhalde y de Kirchner,  y en 2015 fue designado por Macri como ministro de Hacienda y Finanzas Públicas de la Nación. Tres ejemplos de muchachos todoterreno, de similar formación académica, experiencia en práctica privada y pensamiento económico, dispuestos a servir al capital desde el lugar de la trinchera que les toque ocupar, no importa quién sea el general que los designe. 

FALSAS PROMESAS. Volvamos a la actualidad y al sonsonete del ajuste fiscal. El 29-12-17 Ámbito publicó que el FMI (quién si no) “pidió a la Argentina acelerar el ritmo del ajuste fiscal ya que reduciría las vulnerabilidades externas, crearía credibilidad y ayudaría a anclar las expectativas de inflación”. El mensaje es claro: si gastan menos habrá inversiones.  Sin embargo es un mensaje mentiroso y una falsa promesa; una zanahoria que el FMI pone delante de los gobiernos para asegurarse que reduzcan su gasto. Pero ¿dónde deben reducirlo? Ámbito contesta: “la reducción del gasto público es esencial, especialmente en las áreas donde el gasto ha aumentado muy rápidamente en los últimos años, especialmente los salarios, las pensiones y las transferencias sociales”. Es decir, aprieten a los trabajadores activos y pasivos y a los sectores más vulnerables. De los que más tienen, ni una sola palabra. Otro mandamiento del sacrosanto dogma neoliberal es la privatización de las empresas públicas bajo el argumento de que en manos del Estado son deficitarias y que al ponerlas bajo la administración de empresas privadas mejora significativamente su gestión. Hasta los años ’80 del siglo pasado, es decir, hasta la reconversión del capitalismo como neoliberalismo, la electricidad, el gas y el agua eran producidas y distribuidas a través de compañías semipúblicas. Lo mismo sucedía con el transporte por ferrocarril. Cobraban sus servicios a un precio que permitía mantenerlos y mejorarlos, pero si producir grandes beneficios. No tenían accionistas a los que responder y eran controladas por las administraciones públicas. Al ponerlas bajo gestión privada, las empresas que brindaban estos servicios vitales para toda la población debían producir beneficios, lo cual es casi un oxímoron. Desde entonces, por falta de inversiones y mantenimiento, los usuarios sufren cortes de luz, carencias de agua, gas y cloacas, y deben viajar, amontonados como reses que van al matadero, en trenes  peligrosamente obsoletos. De esta manera, las empresas que manejan servicios públicos se ven altamente beneficiadas por un Estado que no las controla y que les concede generosos aumentos en sus tarifas. Y la yapa es que estos aumentos les permiten acumular unas ganancias que rebotan favorablemente en el juego de la Bolsa de Valores. Ámbito Financiero, en su nota del 2-1-2018, explicó que gracias al aumento de tarifas que recibieron en 2016 y 2017 las acciones ligadas al sector gasífero y eléctrico fueron las que mejor rendimiento lograron. 

ESTA PELÍCULA YA LA VI. Con sus políticas de ajustes, alto endeudamiento y suba permanente y desproporcionada de tarifas, el gobierno se está cavando su propia fosa. Logró superar el conflictivo diciembre, pero cuando avance un poco más el verano no tardarán en aparecer distintos conflictos. Habrá que ver qué capacidad emplea para gestionarlos. Por ahora disfruta de cierto grado de confianza y apoyo que es más producto del rechazo al kirchnerismo antes que de méritos propios. Los jueces federales deberán trabajar mucho para seguir procesando a sindicalistas mafiosos y a funcionarios del gobierno anterior a fin de atenuar, un poco al menos, el mal humor social que está por venir. Mauricio Macri seguirá haciendo los deberes con el FMI, pero ello lo llevará a protagonizar una película que ya vimos varias veces y que siempre termina mal.

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